Edutec. Revista Electrónica de Tecnología Educativa

LUÍS ÁNGEL
FERNÁNDEZ HERMANA
Director de en.red.ando
mailto:luisangel@enredando.com
Aunque las estadísticas, los contenidos, el nivel del
debate público, el grado de implicación de las instituciones involucradas, el
volumen y orientación de las inversiones, el tipo de demanda de recursos y, en definitiva,
el estado en que se encuentra la institución de la educación en España, no
configuran, en conjunto, una imagen satisfactoria de la adaptación de la
educación, en general, y los procesos de aprendizaje, en particular, a la
sociedad de las redes que nos ha tocado en suerte, no por ello debemos
despreciar la enorme progresión que se ha registrado en el país sobre la
percepción del papel vertebrador que va a jugar la educación virtual. De los
francotiradores de 1994-97, hemos pasado a la guerra de guerrillas y los
equipos de comandos de "desembarco rápido" de los tres años
siguientes. Ahora estamos en el umbral de tener que definir qué curso seguir:
si redefinimos el papel de la institución de arriba abajo (y transversalmente)
o continuamos con una política de retazos que, por definición, dispersa más
confusión y desorden que otra cosa.
El ámbito de la educación se encuentra preocupado
-para seguir con el símil, deberíamos decir invadido, ocupado y colonizado- por
una serie de reformas que apenas tocan el fondo del problema. Y esta
preocupación "deslocalizada" afecta a todos los escalones de la
institución educativa, desde la fase pre-escola, a la escuela y la universidad.
En el fondo, esta situación refleja el hecho de que ni siquiera hemos empezado
a pensar seriamente lo que implica un cambio de esta naturaleza; ni aparecen
quienes debieran orientar, al menos, el debate público; ni está claro, por
tanto, de qué manera habría que proceder y de dónde deberían venir los
recursos. Mientras tanto, seguimos inaugurando aulas de informática como si
fueran grandes obras públicas y el aire se llena de cursos de "formación
digital" sin ton ni son, impartidos muchos de ellos con la bendición de
fondos públicos.
La revolución industrial alumbró un determinado
complejo tecnológico como unidad básica de la educación. La escuela (el
edificio, con su particular distribución, prácticamente igual en cualquier país
del mundo); el aula con la distribución del maestro (si es sobre tarima, mejor)
frente a los alumnos agrupados en pupitres o mesitas; y los materiales didácticos,
en particular el libro, estructurados de tal manera que permitían la clasificación
cronológica del saber: sabes si lees ciertos libros a ciertas edades, o
viceversa. Esta relación secuencial determinaba a su vez la organización del
conocimiento (y de las actividades, horarios y funciones de quienes estaban
encargados de impartirlo): aquí aritmética, allí matemáticas, más allá
geografía, etc. Aparte de la introducción de las mal denominadas tecnologías de
la información (fotocopiadora, fax, diapositivas y un aula con ordenadores
-dispuestos a la usanza tradicional-), prácticamente nada ha cambiado en la
institución de la educación desde el punto de vista de su disposición
tecnológica industrial. Si resucitara un habitante de principios del siglo XX y
entrara en un hospital, se quedaría espantado ante la omnipresencia de una
tecnología incomprensible e inimaginable en su época. En una escuela se
sentiría casi como en casa, como si jamás se hubiera ido.
¿Cómo será el edificio de la educación virtual? ¿Qué
posición ocupará cada uno en él? ¿Qué tendrá que ver con lo que ahora hacemos
en la Red? ¿Cómo se estructurará el conocimiento en ese nuevo ámbito? ¿Dónde
estarán maestros y alumnos? ¿Se encontrarán solos como en el aula tradicional?
¿Con qué tipo de apoyos contarán? ¿De qué materiales se servirán y cómo los
usarán? ¿Quiénes los diseñarán? Y, tan importante como todas estas preguntas: ¿quiénes
serán los que logren imaginar la reforma del sistema educativo para comenzar a
responder a estas preguntas? ¿dónde están los líderes de la red en la
administración pública con el suficiente prestigio y conocimiento como para
plantear debates públicos de este calado? ¿qué sucede con los alumnos mientras
no se resuelven estos interrogantes?
Si quisiéramos responder en profundidad a estas
cuestiones, el panorama que emergería no sería para lanzar las campanas al
vuelo. En primer lugar –y por más sorprendente que parezca- la mayoría de
quienes están implicados directamente en el proceso educativo todavía ve a la
Red como la Internet que hoy utiliza.
Muy pocos poseen la necesaria profundidad histórica –lo
cual es indicativo del camino que aún debemos recorrer- como para comprender
que Internet es una sustancia maleable, cambiante, un producto de diseño, un
artificio como el barro con el que se pueden construir cosas y ámbitos, siempre
dentro de las limitaciones lógicas que impone el desarrollo tecnológico. Y la
educación, el proceso de aprendizaje en la era de la sociedad de la
información, requiere más que nunca trabajar con esta arcilla. Es significativo
que en los debates sobre la educación virtual, tanto maestros, como pedagogos,
funcionarios públicos, expertos o padres de familia, sigan atascados en el
hecho de que en Internet hay demasiada información y ésta es:
- No contrastada
- No verificada
- No referenciada
- De fiabilidad dudosa.
Por tanto, el nivel de aceptación y participación en
procesos de formación en red viene determinado por estos criterios. Se enfatiza
la necesidad de "aprender a buscar", como si esto bastara para
acceder a los pozos ocultos de sabiduría camuflados por la información
redundante de la Red.
Sin embargo, la respuesta a muchas de estas
inquietudes debería proceder de la investigación sobre cómo trabajar y aprender
en red. Cómo encontrar y utilizar ese conocimiento, cómo descubrir esos pozos
de sabiduría (si existen), mediante qué procedimientos y entornos tecnológicos.
En otras palabras, qué actividad es la que garantiza obtener información
original (un bien escaso para cuya creación hay que arremangarse las neuronas):
- Contrastada
- Verificada
- Referenciada
- Fiable
El desafío, pues, consiste en crear espacios
virtuales como los que se encontraría Alicia si atravesara el espejo para pasar
"al otro lado" de Internet. Espacios donde sea posible organizar el
proceso de aprendizaje de tal manera que suceda lo contrario de lo que nos
ofrece Internet a primera vista: en vez de una red aparentemente tumultuosa y
caótica, con un vertiginoso crecimiento demográfico y del volumen de
información, una red donde se encontrara la oferta y la demanda en un entorno
controlado, tanto demográficamente como con respecto al volumen y calidad de
sus contenidos.
Una red donde el proceso de aprendizaje progresara
gracias a la forma como se estructure el conocimiento generado por sus propios
participantes. Espacios virtuales, en otras palabras, caracterizados por un ADN
básico integrado por tres "genes" que nosotros denominamos 3P:
* Persistencia (el conocimiento y la actividad de los
usuarios está estructurado en archivos buscables y diseminables)
* Pertinencia (del conocimiento creado y compartido)
* Pertenencia (al espacio virtual en razón de la
cercanía e interés personal y colectivo del proceso de aprendizaje que
promueve).
¿Cuál será el papel del maestro y de qué herramientas
se servirá en este edificio virtual? ¿Será posible mantener la figura
individual -carnal- del maestro (del formador) en un entorno virtual de
inteligencia colectiva y trabajo cooperativo? Los nuevos entornos virtuales de
formación exigen un alto grado de especialización en la gestión de conocimiento
en red y ésta actividad, a su vez, es esencialmente cooperativa si quiere
satisfacer sus objetivos con un alto grado de eficiencia. Por tanto, quizá
deberíamos empezar a pensar en el maestro y en el formador como entidades
virtuales colectivas, integradas a partir de las actividad colaborativa de
distintas personas, de distintos perfiles profesionales y munidos de
herramientas multimedia con una elevada capacidad para excitar la interacción con
los alumnos. Y, por la otra parte, quizá deberíamos empezar a pensar también en
organizar a estos no por criterios secuenciales de edades, sino por grados de
conocimiento, comprensión, interacción, cooperación y capacidad de síntesis de
la información y el conocimiento que produzcan y procesen (lo cual plantea el
gran dilema de cómo se evalúa y mide el aprendizaje en un entorno virtual).
Uno y otro cambio, en lo que designan conceptualmente
los términos maestro y alumno/s, habría que comprenderlos, a su vez, a partir
de la propia transversalidad e integración del conocimiento. Para decirlo con
uno de los ejemplos más palmarios: de la forma como lo hacen los videojuegos,
sin duda uno de los materiales pedagógicos más importantes pero que todavía son
mirados como una especie de excrecencia que perturba el proceso de enseñanza.
Por una parte, una red de estas características no se nutriría sólo de esta
nueva relación maestro-alumno (independientemente de cómo entendamos ahora a
estas entidades). Sino que posibilitaría enriquecer el proceso de aprendizaje
con la intervención en tiempo real (asíncrono) de psicopedagogos, expertos,
padres de familia interesados (haberlos, haylos), veteranos de la educación (en
principio, lo somos todos y la experiencia es un grado, algo que la tecnología
educativa de la sociedad industrial se perdió al permanecer enclaustrada entre
cuatro paredes) o la contaminación con experiencias pertinentes procedentes de
cualquier rincón del planeta: no olvidemos que, en la red, todo lo local es
inmediatamente global.
Alicia, pues, sigue esperando que le den el espejo
para poder adentrarse en el otro lado de la red, que no es el mundo presencial
sino una realidad virtual muy diferente de la que hoy tenemos en Internet.
Salut
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Luís Ángel Fernández Hermana
mailto:luisangel@enredando.com
Director en.red.ando
III Jornada en.red.ando
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